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El mercado busca vacas sin cuernos

Hace cuatro años Scott Fahrenkrug vio una noticia en el canal ABC sobre la práctica de quitarle los cuernos a las vacas lecheras, un doloroso procedimiento que hace que sea más seguro manejar a los animales. En las imágenes, temblorosas porque estaban tomadas con cámara oculta, se veía a una vaquilla blanca y negra de raza Holstein gimiendo y coceando mientras le quemaban los cuernos con un hierro candente. (Ver: Topizador electrónico, una herramienta que facilita el manejo).

Topa

Fahrenkrug, genetista molecular en la Universidad de Minnesota (EEUU) en aquella época, pensó que tenía una forma de resolver el problema. Podía crear vacas sin cuernos. Podía ahorrar dinero a los ganaderos. Y eliminando el secreto más desagradable de la industria lechera, podía incluso conseguir un éxito para la imagen de la ingeniería genética.

La tecnología que Fahrenkrug cree capaz de todo esto se llama edición genómica. Una forma precisa, rápida y nueva de alterar el ADN que ha entrado arrasando en los laboratorios de biotecnología. Los investigadores ya la han usado para cambiar genes de ratones, peces cebra y monos, y se está probando como método para tratar enfermedades humanas como el VIH. (Ver: Selección genómica en bovinos).

En el caso de los animales de granja, la edición de genes ofrece algunas posibilidades extraordinarias. En su start-up, Recombinetics, con sede en St. Paul (EEUU), Fahrenkrug cree que puede crear vacas lecheras premium con rasgos que no se suelen encontrar en este tipo de vacas pero sí en otros bovinos, como la falta de cuernos o la resistencia a determinadas enfermedades. Este tipo de “cría molecular” conseguiría los mismos efectos que la naturaleza, pero mucho más rápido. En breve, se podría editar a un animal para que tuviera los mejores genes disponibles para su especie.

Esto es algo que podría transformar la industria ganadera global. Las empresas podrían patentar los animales resultantes igual que hacen con la soja modificada genéticamente o con el maíz. Y ahora los emprendedores están dispuestos a enfrentarse a la Agencia Estadounidense del Medicamento (FDA por sus siglas en inglés), que nunca ha aprobado ni un alimento ni un animal que hayan sido modificados genéticamente. Los emprendedores afirman que la edición genética no tiene por qué regularse si sólo se usa para intercambiar rasgos dentro de una misma especie. “Se trata de genes que ya existen en una especie que ya comemos”, afirma Fahrenkrug.

El uso de la tecnología es experimental y está aún muy lejos de la cadena alimentaria. Pero ya hay grandes empresas ganaderas invirtiendo en ella. “Puede existir la oportunidad de que se dé un diálogo público de aceptación diferente y una nueva legislación”, afirma el director de I+D de Genus, Jonathan Lightner cuya empresa, con sede en el Reino Unido, es la mayor criadora de cerdos y ganado vacuno del mundo y ha pagado parte de la investigación en laboratorio de Recombinetics. “No se trata de crear un pez fosforescente, sino de una vaca a la que no habría que cortarle los cuernos”.

FIASCO TRANSGÉNICO. 

Hasta la fecha, los animales transgénicos para consumo han sido un fiasco. A los primeros ratones modificados genéticamente con ADN viral en la década de 1970, le siguieron toda una procesión de animales modificados, entre ellos ovejas que producen más lana gracias a gen de un ratón, cabras cuyas ubres producían seda de araña y salmones que maduran el doble de rápido de lo normal. Pero este tipo de animales transgénicos (que incorporan genes de otras especies) casi nunca han conseguido salir de las granjas experimentales.

Los detractores de los organismos modificados genéticamente recogieron millones de firmas para impedir la creación de “frankenalimentos” y la FDA no ha aprobado ninguno de estos animales como comida. AquaBounty Technologies, la empresa que creó el salmón transgénico de crecimiento rápido ha invertido 18 años y 70 millones de dólares (unos 51 millones de euros) intentando que aprueben sus peces. Hace dos años, la Universidad de Guelph (Canadá) sacrificó a su cabaña de “cerdos ecológicos”, modificados con un gen del E. coli para que excretaran menos fósforo, después de desesperar de poder convencer a los organismos reguladores.

La edición genómica también se puede usar para crear animales transgénicos. Pero las vacas que se editaran para que nacieran sin cuernos no tendrían ADN de otra especie, sino ADN de una raza distinta de vacas. Por eso los emprendedores esperan poder encontrar un resquicio legal. Las reglas de la FDA respecto a animales modificados, emitidas en 2009, no incluían la edición genómica y, en opinión de Fahrenkrug, es posible que no la cubran.

En respuesta a preguntas de MIT Technology Review, la FDA se mostró de acuerdo en que sus reglas “tuvieron en cuenta la tecnología de aquel momento”. Pero la agencia afirma que se reserva el derecho a regular la edición genómica también. “Estamos analizando cuidadosamente el enfoque regulador apropiado para los productos creados usando esta tecnología, pero aún no hemos tomado ninguna decisión al respecto”, afirma Theresa Eisenman, portavoz de la agencia.

Fahrenkrug explica que para hacer vacas lecheras sin cuernos estudió la secuencia genética que hace que la variedad de vacas Angus, que se crían por su carne, no tenga cuernos. Siguiendo la receta sin cuernos de la naturaleza, usó un método de edición genómica llamado TALENs en su laboratorio para introducirlo en células de piel de una vaca Holstein con cuernos. En total borró 10 letras de ADN y las sustituyó por 212 distintas. Algunas de esas células se convirtieron en embriones mediante clonación y se usaron para inseminar a varias vacas. Fahrenkrug espera que el primero de varios terneros sin cuernos nazca en las próximas semanas. No quiso revelar dónde están las madres, citando el riesgo de sabotaje por activistas en favor de los derechos de los animales o activistas en contra de la modificación genética.

MUERTOS DE MIEDO. 

Cualquier modificación de la genética de los alimentos podría enfrentarse a una importante oposición, pero Fahrenkrug espera que la imagen de una vacas sin cuernos sirva para que la gente vea las cosas como él. Los activistas en favor de los derechos de los animales odian la modificación genética. Pero odian aún más la práctica de quemar los cuernos. Los granjeros sólo lo hacen porque tienen que hacerlo. El inversor en Recombinetics Douglas Keeth, explica que su bisabuela murió por una cornada de una vaca lechera. “De joven, trabajando en la granja, quitábamos los cuernos a las vacas con medios mecánicos. Después de 100 cabestros es una sangría”, afirma. “No es algo que querrías que se viera en la tele”.

Aunque no todas las vacas tienen cuernos, la mayoría de las Holstein sí que los tienen. Según la Asociación Holstein de EEUU, los 30 toros Holstein más valorados de EEUU tienen cuernos. El semen de estos toros campeones, cuyo valor está en que dan lugar a descendencia que produce cantidades titánicas de leche, se congela y se envía por todo el mundo. Tras más de un siglo de crianza selectiva, una vaca lechera media en Estados Unidos produce 10.500 litros de leche al año (frente a los 2.300 litros que produce una vaca normal).

Con estos récords de producción de leche, cualquier esfuerzo por introducir otros rasgos útiles mediante el cruce de animales supone un desafío. Cruzar un a vaca lechera de récord con un animal menor diluye su pedigrí, según Lightner, cuya empresa distribuyó semen de toro congelado por valor de 177 millones de dólares el año pasado (unos 130 millones de euros). Pueden hacer falta varias generaciones de cruces para volver a conseguir un auténtico campeón en la producción de leche.

En comparación, la edición genética es rápida y precisa. El año pasado, en colaboración con el Instituto Roslin y la Universidad A&M de Texas (EEUU), Fahrenkrug creó fácilmente vacas Lenore brasileñas con mayor masa muscular. Lo hizo añadiendo a embriones de Lenore una mutación que potencia el crecimiento de los músculos. Esta mutación se da de forma natural en razas como las Belgas Azules, aunque nunca se había observado en las Lenore, que son más delgaduchas y toleran mejor el calor. La edición consistió en eliminar 11 letras de ADN de un único gen, cortando así la producción de una proteína reguladora de los músculos llamada miostatina. Lightner afirma que estos hitos son el motivo por el que Genus ha empezado a financiar la investigación en edición genómica. “No nos hemos decidido a hacer ingeniería genética sobre los animales”, afirma. “Pero estos nuevos enfoques que nos permiten trasladar rasgos podrían resultar revolucionarios”.

Las ideas de Fahrenkrug también han llamado la atención de los ganaderos con cabañas lecheras. La tecnología “es muy guay”, según el director de I+D de la Asociación Holstein de EEUU, Tom Lawlor. Pero sostiene que los productores de leche tienen miedo de la ingeniería genética. “Es indudable que la tecnología parece prometedora y que funciona, pero entraríamos en ella más poco a poco, por temor a que el consumidor se haga una idea equivocada”, afirma. “Estamos muertos de miedo, porque nuestro producto es la leche, algo sano”.

Y ahora la cría tradicional también es mucho más precisa gracias a las pruebas de ADN. Para julio de este año, una coalición internacional que se autodenomina “El Proyecto del Genoma de los 1.000 toros” había descodificado el ADN de 234 toros de razas lecheras, entre ellos Fleckviehs suizas, Holsteins y Jerseys. Ahora los criadores pueden valorar con precisión los genes de un animal al nacer. Como consecuencia de estos ya hay unos cuantos toros sin cuernos entre los mejores ejemplares. Algo que deja a Lawlor con la incertidumbre de si realmente existe necesidad de la edición genómica.

GANADO PATENTADO. 

En enero, Fahrenkrug solicitó una patente por cualquier animal cuyos genes se editen para quitarle los cuernos. La amenaza que representa el ganado patentado ha alarmado a algunos granjeros que ya están preocupados por el tema de las patentes de simientes. “Podrían coger semen de mi toro, editarlo, patentarlo y joder completamente al ganadero”, afirma el criador de ganado sin cuernos de Ontario Roy MacGregor. “No se les debería permitir hacerlo”.

Los activistas en contra de la modificación genética tampoco tendrán que ir muy lejos para encontrar razones para criticar la edición genómica. Hay objetivos fáciles, como una estrategia concebida por Fahrenkrug para impedir que el ganado llegue a la madurez sexual, algo que serviría para acelerar el proceso de engorde. También serviría para que las empresas de edición genética pudieran seguir vendiendo animales sin el riesgo de que existiera una “cría sin controlar de los animales por parte de los compradores”, como describe otra de las solicitudes de patente de Recombinetics.

Es posible, probable incluso, que la combinación de legisladores cautelosos, activistas y desafíos comerciales haga que los productos derivados de animales cuyos genes han sido editados tarden aún muchos años en llegar al supermercado. Puede que no lleguen nunca. Pero lo que no se frena son los avances en la tecnología de edición de genes. “La gente me dice: Te das cuenta de que esto lo cambia todo, ¿verdad? Porque lo cambia”, afirma Fahrenkrug. “El genoma es información. Y esto es tecnología de la información. Hemos pasado de poder leer el genoma a poder escribirlo”.

Fuente: MIT Technology Review.

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